Psiquis, mente y la trama viva de lo humano
- Eric Manquez
- 21 nov 2025
- 6 Min. de lectura
Por Eric Manquez

Hablar de la mente exige una delicadeza especial, porque se trata de un territorio donde se cruzan la experiencia íntima, los lenguajes de la ciencia, los mitos culturales y las exploraciones espirituales. La mente es uno de esos lugares donde el ser humano intenta pensarse a sí mismo, pero no siempre con las herramientas más finas. Por eso abundan las simplificaciones: mente, por un lado, cuerpo por el otro; consciente aquí, inconsciente allá; Yo, por un lado, mundo por el otro. Son modos útiles para orientarse, pero insuficientes si queremos comprender de verdad la dinámica profunda del psiquismo.
Lo que sigue busca ordenar y profundizar esa intuición inicial: que la vida subjetiva es más amplia que los compartimentos en los que solemos meterla, y que la mente no es una entidad fija, sino un proceso en curso, un tejido vivo.
Entre lo subjetivo y lo objetivo
Occidente ha trabajado durante siglos con un binomio poderoso: mente y cuerpo. La primera cargada de significados subjetivos, pensamientos, emociones, memorias, imaginaciones, y el segundo tratado como el dominio de lo objetivo, lo medible, lo visible para cualquiera. Como mapa general puede servir, pero conviene afinarlo.
Lo subjetivo no es simplemente lo mental, sino la vivencia en primera persona, ese campo donde se sienten las emociones, se organizan las sensaciones, emergen ideas y se reconoce una identidad. Y lo objetivo no es sólo el cuerpo, sino el conjunto de manifestaciones observables, posturas, hábitos, respuestas fisiológicas, conductas.
Las ciencias cognitivas insisten en que la mente no flota sobre el cuerpo como un fantasma refinado, sino que se encarna, se sostiene y se modela a partir de todo el organismo. Lo mental no es un adentro, sino un proceso distribuido, cuerpo, cerebro, respiración, postura, entorno, historia relacional. El cuerpo no es un otro de la mente: es su condición y su forma.
Sostener esto permite un movimiento conceptual importante: la subjetividad y la objetividad no son mundos separados, sino modos complementarios de mirar la misma trama viva.
La conciencia: entre la atención, la vivencia y el darse cuenta
Conviene distinguir varios estratos de la conciencia, porque suelen confundirse.
Una cosa es el estado de conciencia: estar despierto, soñando, sedado, en trance. Otra cosa son los contenidos de la conciencia: aquello de lo que uno puede decir está ocurriendo en mí ahora. Y otra, más sutil, es la conciencia reflexiva, la capacidad de darse cuenta de lo que uno piensa o siente y poder reportarlo.
Cuando decimos ser consciente de sí, solemos referirnos a esa dimensión reflexiva, capaz de observarse y narrarse. Pero la conciencia no se agota ahí. Hay una vivencia que es consciente sin ser discursiva, estados en los que la experiencia está presente pero el Yo está en segundo plano, momentos de absorción, concentración, meditación, flujo creativo. En ellos hay claridad, pero poca narración.
Entender esta diferencia permite liberar el concepto de conciencia de la estrechez del auto-reporte y devolverlo a su amplitud original, la presencia luminosa del vivir mismo sea o no comentado por el Yo.
Las múltiples formas de lo inconsciente
La palabra inconsciente carga con siglos de debate y, a veces, con malentendidos. No hay un solo inconsciente, sino capas con funciones distintas.
Está el inconsciente dinámico, del que habló el psicoanálisis clásico: deseos, temores y afectos que han sido desplazados o reprimidos, y que buscan expresarse de maneras indirectas. Aquí aparecen los sueños, el síntoma, los lapsus, las repeticiones en el estilo de vincularse. Esta dimensión tiene un tono emocional fuerte y suele revelar conflictos antiguos, marcas de las primeras relaciones.
Pero también existe un inconsciente cognitivo, automático, cotidiano. La mayor parte de lo que hacemos, reconocer un rostro, conducir, sentir que algo no encaja, recordar cómo se usa un objeto, ocurre fuera de la conciencia reflexiva. No porque haya sido reprimido, sino porque no necesita ser explicitado para funcionar. Este inconsciente no es un sótano oscuro; es más bien la maquinaria silenciosa que sostiene la vida diaria.
Ambos estratos conviven. Uno guarda afectos y tensiones que necesitan ser elaborados; el otro opera como una plataforma invisible que permite que la conciencia no se sature.
Reconocer esta pluralidad evita una reducción simplista: lo inconsciente no es sólo aquello que produce síntomas. Es el territorio donde se gestan patrones, hábitos, memorias implícitas y respuestas que nos habitan antes de que podamos explicarlas.
La psique: totalidad móvil, no compartimentos
Si la conciencia y lo inconsciente son modos de acceso o grados de accesibilidad, la psique es el tejido completo donde todos esos procesos ocurren. No es una entidad aparte, sino la totalidad de la vida subjetiva, que incluye lo que se ilumina y lo que permanece en penumbra.
La psique no se divide como un pastel, es un continuum. Hay experiencias nítidamente conscientes, otras que pueden volverse conscientes si se atienden, otras que quedan en un trasfondo tácito, otras que están profundamente encapsuladas. Todo eso forma la dinámica del psiquismo.
Concebir la psique como una totalidad permite evitar rigideces: no se trata de elegir entre modelos, sino de comprender niveles de organización que coexisten y se influyen mutuamente.
El Yo: interfaz, narrativa y representante en el mundo compartido
El Yo es un personaje curioso: habla como si fuera dueño de casa, pero en realidad es el último en enterarse de lo que ocurre en los pasillos internos. No es el centro de operaciones, sino una construcción psíquica, un modo de organizar la experiencia para vivir en el mundo social.
Tiene partes conscientes, sí, pero también un enorme componente implícito: expectativas sobre cómo nos tratarán, modos de defendernos, autoimágenes silenciosas construidas en el contacto con quienes nos cuidaron. El Yo es, en gran medida, una obra colectiva, tejida por vínculos, experiencias, conversaciones y silencios.
Su función principal no es controlar todo, sino coordinar y traducir. Es el embajador del psiquismo en el territorio de lo compartido: lenguaje, roles, instituciones, afectos en presencia de otros.
Por eso, lejos de ser un centro sólido, es más bien un organizador flexible. Cuando es demasiado rígido, se quiebra. Cuando es demasiado difuso, se desborda. Su salud radica en la capacidad de integrar sin asfixiar, de sostener sin dominar.
Integrar lo inconsciente: un trabajo de ampliación, no de conquista
A menudo se dice que lo inconsciente debe hacerse consciente. Conviene matizar: no se trata de llevar toda la sombra al pleno día, sería inviable y probablemente contraproducente, sino de ampliar la capacidad del Yo para reconocer e incluir aspectos de su propia vida interna.
Esa integración implica varias habilidades: sensibilidad para percibir estados internos sin negarlos, reconocimiento de patrones que se repiten, tolerancia a emociones complejas, capacidad narrativa para dar un lugar a lo vivido, flexibilidad para elaborar nuevas formas de actuar.
No se busca colonizar el inconsciente, sino dialogar con él. Escuchar lo que pide, lo que teme, lo que insiste. Darle palabras cuando sea necesario y silencio cuando convenga. La integración es un movimiento de maduración, no de dominio.
Entonces, la experiencia del Yo se vuelve más libre, menos atrapada por impulsos automáticos, menos gobernada por evitaciones, más disponible para responder al mundo en lugar de reaccionar desde viejas heridas.
La mente como proceso en curso
Llegados aquí, podemos comprender mejor la idea central: la mente no es un órgano, ni una cámara interna, ni una simple función cerebral. Es un proceso dinámico, una danza continua entre pasado y presente, entre lo que se siente y lo que se piensa, entre lo que surge espontáneamente y lo que se puede elaborar.
La mente es devenir: respiración, memoria, anticipación, percepción, afecto, imaginación. Todo eso en interacción constante con el cuerpo, con los otros, con el entorno. No hay un punto fijo dentro de ella, porque su naturaleza es el movimiento.
Entenderla así, como proceso y no como cosa, abre espacio para una psicología más rica, que conecta la investigación científica, la experiencia clínica y la dimensión contemplativa. Ahí se revela algo profundo: somos seres en tránsito, siempre reconfigurándonos, siempre abiertos a nuevas formas de sentido.
Cuando uno observa con cuidado la psique, descubre que no se deja encerrar en dualismos simples. Somos subjetividad encarnada, conciencia que se despliega, inconsciente que sostiene, Yo que organiza, vínculos que moldean, historia que empuja y novedad que irrumpe. No somos una entidad cerrada, sino una trama viva, siempre en curso.
Ese es el territorio donde la mente se vuelve comprensible: no como un objeto separado del mundo, sino como el movimiento mismo de un ser que intenta habitarse y entenderse en medio de la complejidad. En esa trama, cada pregunta abre un pasaje, y cada noción se vuelve una herramienta para seguir explorando, afinando la mirada, descubriendo lo que permanece en la sombra y lo que quiere hacerse luz.







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