Identidad, Adaptación y Libertad
- Eric Manquez
- 28 nov 2025
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Del Crecimiento Personal al Desarrollo Espiritual
Por Eric Manquez

La identidad que un sujeto asume no surge de un vacío. Se configura en diálogo constante con el mundo que habita, con las relaciones sociales que lo sostienen y con los significados compartidos dentro de su comunidad. Esa identidad personal-social le permite participar en la vida colectiva, pero al mismo tiempo lo expone a una dificultad central del existir humano: el sufrimiento, dukkha.
El sujeto adaptativo, comprometido con su mundo, busca inevitablemente satisfacción y certidumbre. Sin embargo, la experiencia inmediata le revela que los objetos, las personas y las situaciones nunca garantizan plenitud. El mundo se ofrece incierto e insatisfactorio, y esta constatación inaugura la experiencia del sufrimiento.
La ansiedad, precursora del estrés, aparece justamente porque aquello que el sujeto desea no se estabiliza, y aquello a lo que teme no desaparece. Ante esta fragilidad, el sujeto se relaciona con el mundo mediante la acción fruitiva, es decir, acciones orientadas a poseer objetos que prometen seguridad o placer. El problema es que los objetos no pueden ser realmente apropiados: cambian, se pierden, se deterioran o simplemente no colman las expectativas. Por ello, la acción fruitiva debe repetirse una y otra vez, generando la sensación de carencia constante. A esta repetición compulsiva se la llamó karma.
El karma no es un castigo místico; es el circuito de acciones que buscan apropiarse de aquello que no puede ser poseído. Esa repetición se alimenta del deseo proyectado hacia un futuro imaginado como satisfactorio. La mente, atrapada en recuerdos y anticipaciones, rumea y busca asociaciones que prometan una satisfacción venidera. Ese movimiento incesante es la maquinaria básica del sufrimiento.
Frente a esta dinámica aparece otra forma de actuar: dharma, la acción justa. No es una acción moralista, sino la acción pertinente que resuelve la situación presente sin ánimo de apropiación. Surge de la libertad interior, no del prejuicio, la preferencia o la apetencia personal. Es una acción autónoma, no reactiva.
Cuando el sujeto actúa según dharma, se libera del ciclo repetitivo del karma porque ya no busca afirmar su yo a través de la posesión. Aprende, en cambio, a postergar su gratificación inmediata para comprender mejor el fenómeno y resolver adecuadamente cada situación. En este aprendizaje se funda la madurez humana.
El crecimiento personal consiste justamente en este tránsito: comprenderse a sí mismo en relación con el mundo, asumir responsabilidad por la propia acción y desarrollar una adaptación óptima basada en la resolución lúcida de las situaciones presentes. A este proceso de expansión hacia afuera se lo llamó vahiranga.
Una vez que el sujeto adquiere una adaptación adecuada al mundo, la mente comienza a serenarse. Al disminuir el vaivén emocional provocado por el deseo, el sujeto puede contemplar la incertidumbre sin quedar atrapado en ella. Surge la posibilidad de un recogimiento natural, una actitud más contemplativa que nace de la comprensión.
Esa serenidad otorga libertad respecto de los objetos. La percepción deja de arrastrar automáticamente la conducta, y el sujeto puede dirigirse hacia su interior. La atención, entendida como órgano de la conciencia, deja de ocuparse del proceso adaptativo externo y se dirige a los contenidos del pensamiento.
Cuando ya no hay sensaciones derivadas de la conducta corporal, aparece el mundo interior: el flujo de recuerdos y pensamientos que siguen buscando satisfacción y certidumbre. Aquí comienza un nuevo proceso adaptativo, ahora orientado a comprender los propios contenidos mentales. La memoria, teñida siempre de emoción, convoca al sujeto mediante atracción o aversión. Por ello, la práctica demanda mantener la atención fija en un soporte o permanecer indiferente al surgir del pensamiento, especialmente a su carga emotiva.
La atención no resuelve lo que el pensamiento muestra; lo observa sin caer en su movimiento emocional. Esta es la función formativa de la práctica: cultivar un estado neutro.
Mientras algunos yogas enfatizan la concentración, el Vedānta Advaita se centra en la observación discernida del fenómeno. El ejercicio es separar una cosa de otra: ver con claridad que yo estoy aquí y que los pensamientos aparecen ante mí. Esa discriminación (viveka) inaugura un modo distinto de relacionarse con la mente.
Lo segundo es ver que no es el pensamiento en sí lo que ata, sino lo que suscita emocionalmente. La neutralidad afectiva (vairāgya) corta la ligadura. Cuando la emoción se retira, el pensamiento puede continuar apareciendo, pero el sujeto permanece libre. En ese estado de indiferencia emerge la plenitud del ser.
La calma (śama) es necesaria para que esta observación sea posible. La atención, al tocar el objeto, produce acto de conciencia; por ello, la selección atencional está modulada por la apetencia y la aversión. Comprender esto es comprender la raíz del sufrimiento: lo que liga al objeto no es el objeto, sino la reacción emocional hacia él.
El sujeto crece como persona cuando logra actuar desde dharma, resolver la situación presente y no quedar atrapado en la apropiación. Y luego, en un segundo momento, se desarrolla espiritualmente cuando puede ser consciente de sí ante el acontecer sin ser modificado por él.
Sujeto y fenómeno emergen en el mismo evento. Al observar desapasionadamente el fenómeno, éste cambia por su propia dinámica, y como ambos, sujeto y fenómeno, nacen juntos, la transformación de uno modifica al otro. La persona crece porque cambia el ángulo desde el cual mira; adquiere una comprensión mayor del acontecer.
Conocer el fenómeno transforma al sujeto. Por eso, tanto en el crecimiento personal como en el desarrollo espiritual, los conceptos centrales siguen siendo karma y dharma: la acción compulsiva que surge del yo apropiador (ahaṃkāra) y la acción pertinente que resuelve la situación presente sin apropiación.
En la práctica, esto implica que entre la percepción y la conducta debe haber una mirada explícita que permita comprender antes de actuar. Cada movimiento es una oportunidad para realizar dharma: resolver lo que se presenta y pasar al siguiente momento sin apropiarse de la experiencia. La repetición de esta práctica se vuelve aprendizaje, se aloja en la memoria y se convierte en hábito.
Cuando el hábito de actuar desde dharma se consolida, la atención se libera del recuerdo y puede permanecer detrás de la percepción actual. Deja de estar cautiva del juicio previo y se vuelve un instrumento claro para el conocimiento. Esto es percibido por el sujeto como plenitud.







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