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MEDITACIÓN. Un error conceptual en la comprensión corriente de la meditación.

Foto del escritor: Eric Manquez
Eric Manquez
1 oct
5 min de lectura

Por Eric Manquez.

En este artículo me refiero a la meditación en el sentido técnico que le otorgan las tradiciones de India: Dhyāna en el Yoga y Nididhyāsana en el Vedānta Advaita. En contraste con estas nociones, la comprensión contemporánea de la meditación, tanto en ámbitos académicos como espirituales, suele asumir que se trata de una práctica que el sujeto puede dirigir, controlar y utilizar en función de sus intereses personales. Esta presuposición, que rara vez se explicita, introduce un error conceptual: afirma que el sujeto es el agente de la consciencia y que la atención es un instrumento de su propiedad.

 

Desde la perspectiva neurocientífica, la actividad de las redes, la Red de Modo por Defecto, la Red Ejecutiva Central y la Red de Saliencia, expresa una oscilación propia de los sistemas vivos complejos. Esta dinámica no está al servicio del yo personal ni de su proyecto identitario; responde a una regulación pragmática que opera con independencia de los intereses del sujeto socialmente constituido. Sin embargo, la identidad personal, entendida como un cúmulo de identificaciones afectivo‑cognitivas, tiende a interferir este funcionamiento al introducir una intervención reflexiva orientada por el deseo de apropiación, control y certidumbre.

 

Cuando la meditación es interpretada desde el marco occidental, como una práctica que el sujeto dirige para obtener beneficios personales, este mismo gesto apropiativo se reproduce en el modo en que el yo se aproxima a ella. La identidad personal irrumpe en un ámbito que no le pertenece y pretende gestionar procesos que, por su propia naturaleza, no son apropiables. De manera análoga a lo que ocurre cuando el yo intenta intervenir en procesos autónomos como la homeostasis, la alostasis o los ritmos de actividad y reposo, la intervención del sujeto perturba la coordinación espontánea de lo vivo.

 

El núcleo del problema reside en el uso que el sujeto hace de la sensibilidad afectiva. Esta inclina la atención, función asociada a la red ejecutiva central, hacia los objetos de interés del yo. En la vida cotidiana, ese gesto se denomina karma: acto movido por el deseo de satisfacción personal y orientado a confirmar la identidad del sujeto. Cuando este movimiento se activa, se interrumpe o demora el funcionamiento global no apropiativo y se distorsiona la resolución pragmática de la situación presente. El acto deja de responder a lo que es, acción pertinente que se cumple y se extingue en su propio gesto, dharma, para responder a lo que el sujeto quiere que sea.

 

Este error conceptual, el acto apropiativo orientado a la satisfacción personal, karma, frente al acto pragmático que resuelve la situación presente sin ánimo de apropiación, dharma, explica buena parte de las dificultades del desarrollo humano y, en particular, del malentendido espiritual. El sujeto se anquilosa en su identidad, la cosifica y le otorga un estatuto sustancial, como si fuese algo en sí mismo y no un proceso relacional en continua construcción. Cuando esta misma identidad se orienta hacia lo que denomina “lo espiritual”, el error se profundiza: cree que tomando control de la atención puede disponer de la consciencia.

 

Así, la meditación queda reducida a una técnica al servicio del yo y se la emplea para obtener relajación, claridad mental, estados de calma o una sensación de bienestar que el sujeto interpreta como “realización”. En ese desplazamiento, la serenidad mental se confunde con la realización de ser. No se advierte que el sujeto mismo emerge en la consciencia como cualquier otro fenómeno y que no dispone de ella ni la gestiona: la atención pertenece al ámbito funcional de la conciencia psicológica, mientras que la consciencia, presencia ontológica, no es apropiable.

 

Desde la perspectiva del Vedānta Advaita y del Yoga, el error no consiste en la presencia de estados mentales agradables o de claridad cognitiva; consiste en la ignorancia de su estatuto ontológico. La tarea no es reflexiva ni irreflexiva en términos funcionales: no se trata de activar o desactivar redes ni de dirigir la atención hacia un objeto privilegiado. La tarea es el desapasionamiento, una contemplación imparcial que no condesciende con la inclinación afectivo‑cognitiva que arrastra la atención y conduce al sujeto al acto apropiativo.

 

Incluso cuando la inclinación afectiva está presente, es imprescindible discernir entre el fenómeno, la afectación, la atención orientada a la acción pragmática y la presencia ontológica de ser, entendida como la consciencia en tanto ámbito de posibilidad del aparecer fenomenológico. Esta distinción se pierde cuando el sujeto “quiere meditar para obtener algo para sí”. En ese querer, reintroduce el deseo que intentó dejar atrás y reinstala el gesto apropiativo que convierte la práctica en un medio para confirmar su identidad. En ese “querer”, introduce por la ventana el deseo que intentó expulsar por la puerta.

 

El sujeto no reconoce que él mismo es un cúmulo de identificaciones aglutinadas por el deseo. Busca un fundamento que no encontrará y pretende usar la meditación, la atención, la consciencia y aquello que denomina “espiritualidad” como recursos disponibles para su beneficio. En el sentido que postulan el Vedānta Advaita y el Yoga, la meditación no opera de ese modo. El obstáculo no es técnico ni metodológico, sino conceptual: el gesto apropiativo como condición básica del sujeto en el mundo.

 

La meditación, en el sentido aquí expresado, no busca logros. El Vedānta Advaita la concibe como una disposición de calma, discernimiento y desapasionamiento, y el Yoga como la estabilización de la conducta corporal, emotiva y mental. Estas disposiciones crean el ámbito en el que el sujeto puede dejar de condescender con la inclinación afectivo‑cognitiva que lo arrastra al gesto apropiativo. Cuando la apropiación se disuelve, se evidencia la presencia de Ser que se es.

 

La advertencia que he formulado aquí no constituye una innovación doctrinal ni una reinterpretación moderna del Advaita ni del Yoga, sino una explicitación contemporánea de un diagnóstico que ya se encuentra claramente formulado en la tradición clásica, particularmente en la obra de Śaṅkara y Patañjali.

 

En Śaṅkara, el problema fundamental es adhyāsa, la superposición del yo y de la apropiación sobre aquello que no posee ni puede poseer, no es la ignorancia como falta de información. El sujeto se atribuye ser hacedor, conocedor y experimentador último, cuando esas funciones pertenecen al ámbito de los instrumentos y no a Ātman, ser inmanente.

 

Desde esta perspectiva, ninguna acción, por sutil o refinada que sea, puede producir aquello que no es un efecto. Brahman, ser trascendente a todo aparecer fenomenológico, no es algo que se alcance mediante alguna práctica. Por ello, toda meditación entendida como acción deliberada orientada a un resultado queda inscrita en el dominio de la ignorancia.

 

La función de las prácticas contemplativas en el Advaita es preparatoria: no producen la realidad, sino que eliminan los obstáculos que impiden reconocerla. La tríada śama, viveka y vairāgya no describe estados mentales a alcanzar, sino disposiciones que debilitan el gesto apropiativo del sujeto. En el Yoga, la focalización de la atención y la tríada āsana, prāṇāyāma, pratyāhāra tienen el mismo propósito.

 

La liberación acontece cuando cesa el gesto apropiativo, al advertir que uno no es la mente. Es la revelación de aquello que nunca estuvo ausente.

 

A esto alude la sentencia tat tvam asi: “Eso eres tú”.


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