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La impertinencia del gesto artístico

  • Foto del escritor: Eric Manquez
    Eric Manquez
  • hace 4 días
  • 2 min de lectura

Por Eric Manquez

El arte nace cuando lo verdadero irrumpe sin pedir permiso. Es un quiebre. Una aparición que desordena la forma habitual de mirar y deja expuesto un resplandor que no estaba previsto. Es permitir que la legalidad del sentido se fracture lo suficiente para que algo pueda mostrarse. Ese instante impertinente es el territorio del arte. Todo lo que no logra mostrar ese instante es ornamento.

 

Lo verdadero no es un contenido que el artista decide transmitir, es un modo de irrupción que acontece cuando la expectativa se desarma y el mundo pierde, por un segundo, su equilibrio. El arte que no se deja atravesar por esa irrupción se queda en la superficie, en la repetición; no toca porque no se dejó tocar, y sin esa herida mínima no hay verdad, solo la comodidad de la forma reconocible.

 

Cuando el gesto no abre ninguna fisura, lo que queda es la repetición del gesto: imágenes que se citan a sí mismas y una palabra gastada. El arte domesticado es una máscara que no oculta nada porque no hay nada detrás.

 

El arte exige un desajuste, una fractura en la forma y un desplazamiento en la mirada. No es el artista quien produce esa fractura: es la ocasión la que lo atraviesa. El artista es apenas el punto donde la irrupción toma cuerpo. Lo verdadero aparece a pesar de él.

El riesgo es la condición de esa aparición: el riesgo de dejar que algo irrumpa sin control, cuando el cálculo reemplaza al gesto y la obra se vuelve muda. El asombro, en cambio, es la señal de que la estructura del mundo se abrió un instante y dejó ver su fondo. Ese asombro no es un efecto: es la impertinencia misma en su aparecer.

 

Cuando una obra suspende la cadena del sentido y deja al espectador sin palabras, ahí ocurre algo verdadero. Silencio, presencia desnuda de lo que no tenía nombre y, sin embargo, se impone.

 

Lo demás es ruido: gestos sin filo e imágenes sin necesidad. Una mueca que intenta parecer expresión, pero no toca porque no rompe.

 

El arte es impertinente. No se ajusta a la cortesía del sentido ni a la voluntad del artista. Su tarea es interrumpir la apariencia para que ese algo pueda manifestarse. Su gesto es un filo que corta la superficie del mundo y deja ver, por un instante, la verdad que insiste en aparecer.

 

Es un relámpago que no pertenece a nadie, un desajuste que abre el imaginario más allá de lo asible.

 


 
 
 

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