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MEDITACIÓN y sus beneficios en el ámbito laboral

  • Foto del escritor: Eric Manquez
    Eric Manquez
  • 25 mar
  • 6 Min. de lectura

Por Eric Manquez


El Yoga es una disciplina integral que articula prácticas corporales, respiratorias y de focalización de la atención, sostenida por un desarrollo técnico y filosófico que supera los cuatro mil años. Aunque su difusión en Occidente se intensificó durante el siglo pasado, en Chile su presencia se ha vuelto especialmente visible en las últimas tres décadas.

 

En este contexto, cabe preguntarse: ¿qué beneficios puede aportar el Yoga al ámbito laboral contemporáneo?

 

Entre sus múltiples aportes, quisiera destacar uno que considero fundamental: la meditación. Más que una técnica, es una actitud atenta y relajada, una disposición de neutralidad emotiva desde la cual podemos movernos con elegancia hacia la actividad o hacia el reposo profundo, según lo requiera la situación. Esta capacidad de modular nuestra energía constituye un eje central de una vida plena.

 

En efecto, la plenitud depende en gran medida de la gracia con que transitamos entre actividad y descanso. Sin embargo, basta observar nuestro ritmo cotidiano para notar que esta elegancia se ha vuelto poco frecuente.

 

Si atendemos a las quejas habituales en el ámbito laboral, dejando de lado aquellas derivadas de ambientes tóxicos, ruidosos o contaminados, la mayoría se relaciona con molestias musculoesqueléticas, ansiedad y estrés. En muchos casos, estas tensiones sostenidas derivan en cuadros que podríamos describir como neurosis laboral.

 

El estrés, conviene recordarlo, es una respuesta adaptativa y espontánea frente a los acontecimientos de la vida. Nos atraviesa constantemente, seamos o no conscientes de ello. Como un junco que se dobla o resiste ante el viento, siempre estamos reaccionando, ajustándonos, buscando una forma de adaptarnos.

 

Para ilustrar su dimensión positiva, pensemos en un juego común de la infancia: las cosquillas. Al recibirlas, reímos, nos contorsionamos y experimentamos una mezcla de placer, sorpresa y entusiasmo. Esa activación agradable nos impulsa a continuar el juego. A este tipo de respuesta se le denomina eustrés, un estrés beneficioso que nos moviliza y vitaliza.

 

Pero cuando el juego se prolonga más allá de lo tolerable, la experiencia cambia por completo: lo que era risa se vuelve molestia, aparece el enojo, el cuerpo se defiende y uno intenta escapar a toda costa de esa situación insoportable. A esto lo llamamos distrés, la forma desagradable y desbordada del estrés.

 

El eustrés es altamente deseable: nos impulsa, nos motiva, nos permite desplegar creatividad. El distrés, en cambio, es lo que comúnmente entendemos por “estrés”: una activación excesiva que, si no podemos evitar, exige desarrollar una actitud de regulación frente al agente estresor. Para ello es necesario aprender a disminuir su intensidad hasta niveles soportables, de modo que no interfiera con el cumplimiento de nuestras tareas laborales.

 

La falta de esta capacidad regulatoria explica por qué tantas personas permanecen más atentas al estrés y a sus manifestaciones que a su solución. Este fenómeno no es solo individual; tiene un trasfondo cultural.

 

Surge entonces una pregunta relevante: ¿existe alguna relación constructiva entre eficiencia y estrés?

 

Es decir, ¿mientras más estresados, más eficientes?

 

En nuestra cultura laboral abundan expresiones como: “Estoy tapado de pega”, “Estoy reventado”. Y muchas veces se dicen con cierto orgullo, como si el agotamiento fuera un valor en sí mismo. Pareciera que no estar exhausto equivale a no trabajar. Es una lógica similar a pensar que, en un taller mecánico, quien tiene el buzo más sucio es necesariamente quien más trabaja. Puede ser simplemente quien está más sucio, sin que ello tenga relación alguna con la calidad o eficiencia de su labor.

 

Estas creencias moldean no solo la manera en que nos pensamos en el mundo, sino también nuestra conducta cotidiana.

 

Asociar trabajo con estrés es tan absurdo como unir felicidad y esfuerzo obligatorio. Desde ahí se llega fácilmente al sinsentido de intentar ser “complicadamente espontáneos”, como si la vida solo valiera cuando duele. Repetimos frases como “para que valga la pena” sin detenernos a pensar qué implican. ¿Para lograr algo importante es necesario atravesar un proceso penoso? ¿Si no hay sufrimiento, no tiene valor?

 

Vivimos en un mundo cada vez más dinámico y cambiante, que nos exige adaptarnos de manera constante y nos deja poco espacio para permanecer en nuestra zona de confort. Estas condiciones demandan no solo conocimientos y habilidades técnicas, sino también un aprendizaje actitudinal: la capacidad de navegar la incertidumbre con flexibilidad, presencia y claridad.

 

Si bien nadie está completamente libre de estrés en la vida moderna, asumirlo como parte intrínseca de nuestra identidad —como si fuera constitutivo de nuestro carácter— es una exageración cultural.

 

En el ámbito laboral, este aprendizaje actitudinal puede convertirse en parte de nuestra cultura personal. El desafío no es adaptarse de manera reactiva —como ocurre en el estrés—, sino desarrollar una anticipación creativa, una forma de adaptación que requiere estar simultáneamente alerta y relajado.

 

Aquí aparece un término que merece una aclaración: relajado.

 

En el lenguaje cotidiano, especialmente en el ámbito laboral, “relajado” suele asociarse a alguien indolente, despreocupado o incluso flojo. Sin embargo, esta interpretación dista mucho del sentido profundo que tiene en disciplinas como el Yoga o las artes marciales.

 

Para ilustrarlo, pensemos en la figura del Samurái, un caballero de la guerra cuya actividad es tan peligrosa que un error puede costarle la vida. El Samurái se entrena durante años en el uso adecuado de la espada. Pero para dominar este arte no basta la técnica: es indispensable cultivar una actitud atenta y relajada.

 

Cuando ha integrado Actitud y Técnica, el Samurái puede, cuando la situación lo exige, desenvainar la espada, ejecutar un solo corte preciso y volver a envainar en el mismo gesto. Realiza la acción justa y regresa de inmediato a su estado neutro, atento y relajado, preparado para responder nuevamente si es necesario.

 

Nadie podría decir que el Samurái es indolente, ineficiente o flojo. Su eficacia proviene precisamente de esa actitud.

 

Antes de la exigencia, el Samurái permanece atento y relajado, sin una intención fija, escuchándose a sí mismo y al acontecer. Cuando la situación lo interpela, actúa en el momento justo, con la mayor eficiencia —para eso se entrena— y, una vez cumplida la acción pertinente, vuelve a su estado de presencia, como quien sigue contemplando el paisaje.

 

El Samurái practica la meditación sentado. Entrena esta actitud contemplativa hasta que se convierte en un hábito, manifestándose de manera espontánea en su trabajo cotidiano, incluido el arte de la espada.

 

Cuando uso el término relajado, me refiero a un estado emotivo neutro y confiado que nos permite estar alerta, atentos, sin una intención determinada. Desde esa disposición ampliamos nuestras posibilidades de acción, y esta actitud puede convertirse en una forma de estar en la vida.

 

En el uso cotidiano, sin embargo, “relajado” suele asociarse a distracción. Decimos que nos relajamos jugando un deporte, viendo una película o saliendo a cenar. Estas actividades son deseables y necesarias: mediante la distracción podemos aflojar tensiones. Pero, aun siendo valiosas, no resuelven lo central: el hábito de interpretar la incertidumbre como algo inherentemente estresante, e incluso asumirlo como necesario.

 

La vida, y dentro de ella, el ámbito laboral, nos presenta una incesante cascada de situaciones por resolver. Si las interpreto como problemas, vivo aproblemado. Si las interpreto como estresantes, vivo estresado. No es extraño escuchar frases como: “No me hables de pega, que me estreso al tiro”.

 

En equipos de alto desempeño, no se trata solo de elevar los umbrales de tolerancia al estrés, sino de cultivar una actitud distinta frente a las exigencias.

 

El estrés sostenido produce cansancio. Y cuando no se maneja adecuadamente, incluso el sueño deja de ser reparador. El organismo, saturado de activación emocional y mental, permanece predispuesto a la acción aun durante la noche. Esto agota a cualquiera. En estas condiciones, el descanso se vuelve insuficiente y el círculo se estrecha: estrés, agotamiento, descanso inadecuado, disminución del rendimiento, más estrés… Si este ciclo persiste, la persona colapsa. Licencia médica. Productividad cero.

 

Si la vida personal y laboral está en constante cambio, se vuelve necesario aprender una habilidad que aumente nuestra capacidad de manejar el estrés y disminuya sus efectos nocivos. Y si el estrés es una respuesta adaptativa, mientras que la relajación —en el sentido profundo del término— es un aprendizaje, entonces debemos decidir si estamos dispuestos a incorporarla como hábito, como parte de nuestra cultura personal.

 

Con esto, podemos volver a la pregunta inicial:

 

¿Qué beneficios podemos obtener del Yoga en el ámbito laboral?

 

El principal es aprender a estar alerta y relajado en un mundo dinámico y cambiante. Que nuestra acción frente a las exigencias no sea solo una respuesta adaptativa, estrés, sino una forma de adaptación basada en la anticipación creativa.

 

Meditar no es reflexionar; es, en cierto sentido, lo contrario. La meditación comienza desarrollando la capacidad de atención, y para ello es necesario estar relajado. Con la práctica, esta disposición se transforma en una actitud contemplativa.

 

 
 
 

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